Amanda saluda, conversa, barre su vereda, da unos pasos rígidos, como si se hubiese olvidado las rodillas dentro de la casa, luego se dobla, recoge algo del piso, mira hacia un lado, toma la escoba, mira hacia el otro lado, barre, se detiene, y saluda:
-Buenos días, no sé… agrega con complicidad y hace un gesto hacia el cielo.
-Buenas, respondo y le sonrío, y ella mira mis bolsas del supermercado y parece entusiasmarse.
-Todo eso se va a comer, me dice y luego continúa sin que yo le responda. Claro ustedes son muchos. Y yo vuelvo a sonreír en ese juego, en el que ya no hacen falta más comentarios, que ella tampoco espera, y que yo he aprendido a callar y la miro observando con fruición el horizonte de su próxima visita, que cansinamente avanza por la vereda de enfrente, con un carrito y vuelvo a escuchar el habitual:
-Buenos días, no sé, y la veo elevar la vista al cielo.

Avanzo hacia mi casa y también hacia las fiestas recientes, esas que siempre me producen nostalgia y pienso en Amanda, la Amanda sin edad, la Amanda de muchos buenos días y no sés mirando al cielo, la Amanda con el pelo que le cae a plomo, la Amanda con el amarillento color de los años en el rostro y en las manos, la Amanda que barre, la de tantas veredas.

Amanda surge con su rostro amable, y de tantas comidas solitarias, Amanda y también Chispita que me ladra cada vez que paso, al que Amanda chista, simulando amonestarlo, pero se le ve el disimulo del orgullo, de que Chispita me muestre la ferocidad de sus dientes. No vaya a ser que piensen en el barrio que ella vive sola y Amanda sonríe y yo también sonrío:
-Buenas, digo.
-Qué calor tuvimos hoy, me responde y mientras sonreímos me voy yendo prolongándole la mirada. Me voy desapareciendo en el saludo del próximo vecino que ya estoy adivinando llegar.

Amanda vive en una cuadra llena de árboles y por eso también llena de pájaros, es una cuadra fresca en verano y fría en invierno, húmeda, una cuadra cubierta de sombras y de recuerdos. Es así durante todo el año, las veredas siguen la silueta que le impusieron las raíces de los árboles, y Amanda aprovecha la clientela de la carnicería que hay en Laprida y Las Heras para acosarlos con sus “Buenos días”, con la escoba y su falta de doblar las rodillas. Los detiene con su barrera de mirar al cielo imaginando al tiempo caer y, les cobra peaje. Y de qué conversará Amanda, una mujer sola, cuando está sola. Bueno sola no, porque lo tiene a Chispita, que le hace que su soledad sea deferente y respetada y ella obliga a que las soledades nuestras sean, indiferentes y dejen de importarnos.

Se escucha el sonido de un celular en algún lugar del barrio y Amanda se sobresalta, se sorprende… y lo veo a Chispita ir y venir por la reja del frente inquieto, en guardia, desplegando sus pequeños gruñidos a los olores que anticipa y a los zapatos que están por llegarnos. Es día de Reyes y en el barrio casi todo, aún descansa. Pero Amanda no, Amanda ya tiene desde temprano a una víctima en su red verbal, ella ya recogió sus zapatos y apenas me dirigió un “buenas” apuradito para no perderse el hilo de lo que está escuchando. El regalo, le hablaba y hablaba entre los gestos que Amanda intercalaba, asintiendo, distrayéndose, sorprendiéndose… como yo, que cuando escribo, me acoge la melancolía de sus cuadros colgados de las paredes, del café ya frío y de los impuestos que olvidé pagar.

Afortunadamente no podré ir a cubrir el sobregiro en mi cuenta. Hoy es día de Reyes.

Enero 2008